A las ocho de la mañana la profesora Margarita Meza recorta unos papeles en forma circular y los pega para hacer la figura de un gusano. Las tijeras no tienen filo y son rojas, azules y amarillas como casi todo lo que hay en la guardería, juguetes, pinturas, plastilinas. Las paredes tenían distintos colores. Era un paisaje con más color que un bodegón de frutas pero menos encontrado en los cuadros de sala o comedor. MM cortaba trocitos para hacer las paticas y contaba a sus pequeños, que en realidad no eran suyos. Les enseñaba las primeras letras mientras escuchaban canciones didácticas. Todos esos niños se sabían la M y Margarita Meza se jactaba de habérsela enseñado cuando sabemos lo mucho que saboreaban y lo mucho que querían hablar mientras chupaban teta. Pero la cuestión acá es de colores, dibujos y figuras; ya para profundizar en la M y demás cogniciones quedará tiempo en la universidad.
La experticia le había enseñado a la joven maestra los oficios del recorte y pegue de cosas. Eso que se lo sabía de memoria desde la universidad, dio para comenzar a ensamblar el gusano con los círculos de colores. Los niños al mismo tiempo estaban en una actividad para evitar el “estrés de la psiquis”. Consistía en que hicieran lo que quisieran; uno mordía crayones, otros hacían figuras en plastilina, otra lloraba, uno no hacía nada en absoluto, otro jugaba con un carro rojo y otras con muñecas. Eran cuatro niñas; el resto niños. Uno de ellos tenía síndrome de Down y otro niño era hijo de los clásicos padres colados; los que no tienen un peso y para codearse con los ricos usan a sus hijos como caballos de T. Al terminar la maestra de ensamblar el algoritmo del gusano levantó la cabeza, miró el reloj, dijo en tono fastidioso, Es hora de los dibujos. Cuando levanta la cabeza ve al niño que estaba haciendo nada en absoluto con las manitos entumecidas como si fuera un calambre y los ojos blancos, como si estuviera mirando para sus adentros cerebrales. Margarita se asusta, se levanta, salta para donde el niño, le grita, Pierre. El niño respira pero no se mueve. Ella pensó que podría ser una convulsión pero como si tuviera algo que ver con ella le quitó le bola de plastilina que tenía en la mano y la escondió rápidamente en un armario.
Después prosiguió con los primeros auxilios, les puso las manos en el pechito y le empujaba, aunque la verdad era que ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Hacía memoria de las clases de primeros auxilios a infantes pero la música infantil solo podía hacerla recordar a los implacables (nombre por el cual se había hecho llamar el grupo de festejos de la universidad) cuando bromeaban con las respiraciones boca a boca y los toqueteos de senos. Cuando sintió que no estaba haciendo nada en realidad salió corriendo a buscar a ayuda dejando en su estela de afán la puerta abierta.
Pierre Bouchenoir, aunque no producía un peso a su corta edad, podía considerarse de los más ricos. Eso lo sabía Margarita y la enfermera que venía en camino porque el pasatiempo de los empleados era hablar de quien era más poderoso. A mí me parece que los papas de Pierre; mira que tienen una multinacional de cosméticos. No tenía historia clínica de ninguna convulsión solo de moretones y golpecitos que se propinaban entre todos los niños. Cuando llegó la enfermera, a revisar a Pierre lo vio dibujando, como los otros niños. Pierre miró para arriba como queriendo preguntar porque lo buscaban a él. La enfermera le puso un fonendoscopio en el pechito, le puso el termómetro, le tomó la cara y sintió todo normal. Mientras esperaba el parte de la enfermera, Margarita veía que el único que estaba pendiente de Pierre era el niño del Down. La música infantil no había parado de sonar. La enfermera concluyó que debió ser que se había dormido, Eso pasa cuando los niños son muy activos, caen privados porque no han comido dulce, que su causal es genética, y le dio un dulce masticable que se metió, rápidamente, a la boca. Entonces llegó un aire de alivio que pasó profesora. A pesar que no había visto a ningún dormido terminó por aceptar el concepto médico que le daba un poco más de relajación.
Al rato de haberse ido la enfermera, MM tomó la plastilina del armario y para asegurarse que no tenía nada que ver, la lamió. Su sabor era el habitual. Cerró el armario y se dio cuenta que el niño del Down no le había quitado la mirada de encima a la profesora; la perturbó tanto que, con las manos, le volteó la cara para que mirara hacia otro lado. De una gaveta sacó unas letras para rellenar y unos crayones de colores que repartió a todos los niños. Se sentó a esperar que concluyeran la actividad cuando le entró el pensamiento de un caliente que le atravesaba la garganta. Un fuego que caminaba por su esófago y se distribuía por sus tripas; se acumulaba en un dolor punzante que le subía nuevamente hasta los ojos. Luego sonó la campana. Recogió todos los papeles de los niños y vio que el niño del Down no había dibujado sino que se había quedado mirándola sin perderle la vista. Hicieron fila India para despedirlos y vio que Pierre se reía a carcajadas y que el niño del Down nunca la dejó de mirar hasta que cerró la puerta.
